España debe promover, secundariamente a la agricultura ecológica, una correcta "gestión de plagas"

Estableciendo por ley que solo puede considerarse una adecuada gestión integrada aquella que cumpla unos objetivos reales de reducción en el uso de pesticidas.

Aunque con un papel secundario respecto de la agricultura ecológica, que claramente ofrece más garantías en el objetivo de reducir el volumen de pesticidas usados, la llamada gestión integrada de plagas es otro instrumento que, aunque implique un menor grado de compromiso, se ha empleado para el mismo fin.

La Directiva 2009/128/CE del Parlamento Europeo y del Consejo de 21 de octubre de 2009 por la que se establece el marco de la actuación comunitaria para conseguir un uso sostenible de los pesticidas, establece que desde 2014 todos los usuarios de pesticidas deben aplicar los principios de la gestión integrada de plagas.

Básicamente, la gestión integrada de plagas tiene como finalidad esencial prevenir los problemas de plagas haciendo que se reduzca la dependencia de los pesticidas y se reduzca su uso. En ella, el uso de pesticidas químicos debiera ser solo el último recurso.

Es decir, si la gestión integrada de plagas (Integrated Pest Management en inglés) se aplicase correctamente una parte de sus planteamientos podrían acercarse en alguna medida -salvando las distancias- a algunos principios usados en la agricultura biológica. Pero una diferencia fundamental es que la gestión integrada no cierra la puerta del todo al uso de pesticidas sintéticos y ello se convierte, demasiadas veces, en un factor muy negativo. Realmente, en una especie de “coladero” o “puerta falsa” que permite una gran falta de control.

Además, aunque los principios generales de referencia debieran estar claros, existe cierta diversidad de criterios acerca de la forma de aplicarla, y el margen de discrecionalidad existente hace que, al final, pueda haber lugares donde la gestión integrada de plagas ayude a la reducción en el uso de pesticidas y otros donde sistemas supuestamente bajo sus criterios sigan usando una alta cantidad de ellos y manteniendo unos parámetros apenas diferentes de los de la agricultura menos racional.

Existe el riesgo de que en muchas zonas de cultivo, sin realizarse mejoras reales, se diga estar cumpliendo con principios adecuados de gestión integrada de plagas.

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Por ello, es muy importante que en los países en los que se establezcan sistemas de gestión integrada exista una verdadera voluntad política que lleve a que se establezcan claramente criterios, condicionantes, controles y medios que aseguren que una serie de indicadores como el de reducción real en el volumen de pesticidas usados sean tenidos en cuenta y se cumplan.

Tal y como dice la FAO en su Código de Conducta para llevar adelante una promoción seria de la gestión integrada de plagas es necesaria “una política general de medio ambiente que no anime el uso de pesticidas como la forma principal de proteger los cultivos”.65

Lamentablemente, en los textos redactados hasta ahora por la Administración española -tales como el Real Decreto 1311/2012 y el Plan de Acción Nacional de los que venimos hablando- no parecen asegurarse unos criterios realmente exigentes. En ellos podemos ver frases que la resumen así: “la gestión de las plagas de los vegetales en ámbitos profesionales se realizará mediante la aplicación de prácticas con bajo consumo de productos fitosanitarios, dando prioridad, cuando sea posible, a los métodos no químicos“.66

Sugerir que el uso de pesticidas sea la primera opción, aunque sea con un “bajo consumo” de los mismos - al margen de que antes habría que evaluar qué es lo que se considera “bajo consumo” para ver si realmente lo es o no- y que “solo cuando sea posible” se dará prioridad a los métodos no químicos, no parece congeniar ciertamente con lo que los documentos internacionales de referencia definen como una adecuada gestión integrada de plagas. En la verdadera gestión integrada el enfoque es más bien el contrario. A saber, primero son los métodos no químicos y solo después, cuando de forma muy justificada se vea que no cabe otra opción, si es que fuese el caso, se usarían los pesticidas.

En los documentos españoles citados no se ve claramente que se estén promoviendo adecuadamente aquellas medidas que llevarían a conseguir los fines que deberían perseguirse como, por ejemplo, aquellos vinculados a la “promoción de los mecanismos naturales de control de plagas” o a la simple prevención de las mismas. Por ejemplo, la formación sobre métodos no químicos de gestión de las plagas está totalmente sepultada por los contenidos sobre el uso de pesticidas.

España parece, hoy por hoy, muy lejos de tener claramente altos niveles de exigencia y garantía en la aplicación de una correcta gestión integrada de plagas que reduzca notablemente el uso de pesticidas. Más bien se han incorporado elementos que pueden inducir a confusión sobre lo que puede ser la propia gestión integrada o la agricultura “sostenible”67. Con los criterios aplicados una parte de la agricultura española podría querer pasar por “sostenible” sin serlo.

Debe adoptarse una definición clara y sin equívocos de la gestión integrada de plagas y establecer instrumentos de control real para garantizar que los cultivos que se sometan a ella anteponen el uso de sistemas no químicos, logrando una reducción real -constatable con cifras concretas- en el uso de pesticidas. Es importante que, para ello, los asesores y supervisores de los sistemas de gestión integrada formen a los productores, ante todo, en el conocimiento de alternativas no químicas, no teniendo conflictos de interés (como vínculos con los vendedores de pesticidas)

 

Es necesario que se homologue, de una forma legalmente vinculante, lo que implica la gestión integrada de plagas

Conceptos como el de Buenas Prácticas Agrícolas (GAP)62 se usan a menudo. Tales términos deberían incluir teóricamente formas de gestión del problema de las plagas como, entre otras63 la Gestión Integrada de Plagas (IPM) pero el hecho de que no haya a nivel de la UE una definición de estos conceptos que sea legalmente vinculante y que obligue a seguir unas prácticas realmente serias, ha dado pie a que con frecuencia se usen estos conceptos sin que realmente lo que se aplique en la práctica sea lo adecuado64.

La falta de una definición clara y sencilla y de unos estándares mínimos abona el terreno para que existan múltiples definiciones, frecuentemente degradando los estándares y el espíritu verdadero de la gestión integrada de plagas. Al final, la confusión existente permite que las partes interesadas apliquen medidas a su capricho sin reducir la malsana dependencia de pesticidas y haciendo solo modificaciones de importancia secundaria.

En tanto no se establecen esos estándares mínimos parece más aconsejable aplicar criterios de agricultura ecológica, que al menos están más nítidamente definidos y aseguran más el objetivo de reducir realmente el uso de pesticidas.

 

La “gestión integrada“ de los fabricantes de pesticidas

Puede ser especialmente revelador acerca de hasta qué punto la forma de enfocar la gestión integrada de plagas en los textos españoles referidos puede cumplir o no con el objetivo de reducir el uso de pesticidas, la forma en la que los fabricantes de pesticidas, obviamente interesados en que no baje el consumo de pesticidas, recibieron la publicación del Real Decreto y el Plan de Acción. Así, en la Memoria de actividades de 2012 de AEPLA (Monsanto, Bayer, Dow, Syngenta,...) se podía leer:

“Recibimos con satisfacción la obligatoriedad de producir bajo técnicas de gestión integrada de plagas a partir de 2014, pues hace tiempo afirmamos que la agricultura del futuro, ahora del presente, sería la agricultura integrada. Tal fue el convencimiento, que todas las actividades desarrolladas en los últimos años por AEPLA y sus empresas han estado enfocadas al fomento de la misma, desarrollando productos compatibles con este tipo de técnicas de producción”.

“En realidad” -añade AEPLA- “muchos de nuestros agricultores ya vienen desarrollando muchas de estas prácticas desde hace años, por ello su adaptación a la nueva normativa no será complicada”.

Cabe preguntarse si estas opiniones serían las mismas si la gestión integrada que se aplicase en España fuese realmente exigente en lo que sería su finalidad verdadera: la reducción del uso y por lo tanto de las ventas de pesticidas.

Referencias

62. Good Agricultural Practice (GAP), Good Farming Practice o Good Plant Protection Practice (GPP)

63. IFS, ICM, IPM,...

64. PAN Germany (2004), Moving Towards Pesticide Reduction… realising Best Agricultural Practise in Central and Eastern Europe, Hamburg 2004.

65. Código Internacional de Conducta sobre la distribución y uso de pesticidas. Orientación sobre el desarrollo de políticas sobre gestión de plagas y pesticidas. FAO junio de 2010

66. En otro lugar se dirá (en el punto f) que la gestión integrada de plagas es “el examen cuidadoso de todos los métodos de protección vegetal disponibles y posterior integración de medidas adecuadas para evitar el desarrollo de poblaciones de organismos nocivos y mantener el uso de productos fitosanitarios y otras formas de intervención en niveles que estén económica y ecológicamente justificados y que reduzcan o minimicen los riesgos para la salud humana y el medio ambiente. La gestión integrada de plagas pone énfasis en conseguir el desarrollo de cultivos sanos con la mínima alteración posible de los agroecosistemas y en la promoción de los mecanismos naturales de control de plagas”.

67. Hay pasajes realmente desconcertantes, como aquellos en los que se considera que cumplen los requisitos, sin más, y sin someterse a mejora alguna, muchos cultivos convencionales que la Administración, sin saber en qué se basa para ello, tiene a bien considerar, sin más, como de “bajo consumo” de pesticidas. Que en los referidos documentos parezca que “cumplen” los requisitos cosas tan dispares en su grado de sostenibilidad como ésos cultivos convencionales o la agricultura ecológica, citada casi de pasada, es elocuente.